Hace ya tiempo que estoy tratando directamente con “consultores”, y la mayoría de las veces, me ha sorprendido la variedad de tareas realizadas por estos profesionales. He intentado categorizarlos como juniors o seniors o en función de la herramienta utilizada (BI, CRM, ERP, etc), pero la realidad es que la diversidad de tareas es tan grande, y las denominaciones son tan diversas que, la verdad todo parece un poco caótico.
Hay empresas TIC que dada su área y su cifra de negocio, ofrecen una clara jerarquía, especialmente para los programadores. Empiezas como junior, pasas a ser programador senior, analista programador, analista, etc. Pero esto no pasa en todas la compañías y hay muchos profesionales “multifuncionales”, que cubren un amplio abanico de tareas sin una clara responsabilidad y sin perspectiva con la denominación de “consultores”.
La utilización exagerada e injustificada de este termino, le ha atraído una connotación dudosa y ha contribuido al crecimiento de la confusión general sobre el tema.
Pero, entonces ¿que es un consultor de negocio? Exceptuando los tradicionales trabajos de asesoramiento contable, fiscal, laboral o auditoria que tienen su propia catalogación como tales, el consultor de negocio se dedicaría a vender “conocimiento aplicado a la resolución de problemas del cliente o a la identificación y explotación de oportunidades de negocio.” (Definición citada de Raúl Hernández).
Si analizamos esta definición, podemos destacar el “conocimiento” como concepto fundamental para la definición de un consultor. Pero a la hora de definirlo el concepto en si, se imponen 3 prerrequisitos imprescindibles:
1. Formación: para poder dedicarte a la consultoría de negocio, es imprescindible una formación académica básica, complementada, si es posible de algún master de perfil (aunque muchas veces es más un supositorio que un supuesto, que un título ampara los conocimientos y las habilidades necesarias para este tipo de trabajo).
2. Experiencia: un consultor de negocio es un “generalista”, que ofrece soluciones para los problemas de los clientes. Más problemas solventados, más experiencia acumulada, más valor profesional. La variedad y la complejidad de los problemas con los cuales un consultor se enfrenta, determina el desarrollo de competencias imprescindibles que marcan la diferencia entre un consultor con experiencia bueno y un consultor con experiencia. Por ejemplo: saber comunicarse, saber transmitir conocimientos y experiencias, saber diagnosticar situaciones, capacidad de uso de herramientas, capacidad de generar vínculos con las personas, etc.
3. Practica de consultaría: aspecto fundamental y necesario en los servicios de un consultor es el relativo al conjunto de métodos, procedimientos, prácticas, materiales, base de conocimiento documentado, herramientas, etc., que sirven para el desarrollo del servicio que se prestará y que de alguna forma permiten apoyar el logro del resultado esperado, aspecto que muchas veces no es cubierto por aquellas personas que por razón de desempleo, jubilación, o porque cursaron una carrera o maestría suponen que ya es suficiente la experiencia y conocimiento para dedicarse a la consultoría.
La conclusión: el término de consultor está excesivamente utilizado, como panacea para diversas practicas y métodos de trabajo dudosas, para branding personal, por razones puramente cosméticas (maquillaje de cv´s), etc. También, los profesionales de este sector realmente buenos, destacan y triunfan profesionalmente y socialmente por la brillante capacidad del pensamiento crítico y la aplicación ingeniosa del mismo.
Para entender un poco mejor mi idea, os recomiendo el libro cuyo titulo lo he “robado” (Soy Consultor, con perdon) porque me gustó mucho, donde Carlos Abadía explica, con un estilo inconfundible cual es el objetivo de un consultor, cómo puede ofrecer un verdadero valor añadido a la empresa y no humo.
Mis saludos,
Simona Adriana Toma